CUANDO MADRID SE CONVIERTE EN LA CAPITAL DE ESPAÑA

Durante la Edad Media la corte era itinerante, los reyes viajaban por su reino y durante el tiempo que permanecían en una ciudad, ésta se convertía en la Capital. La corte estuvo durante largos periodos en ciudades como Valladolid, Sevilla o Toledo. En 1522, tras la Guerra de las Comunidades, Carlos V hizo las capitulaciones en Toledo, y la nombró Ciudad Imperial, otorgándola su escudo Imperial, el águila bicéfala. Allí sería el lugar donde fallecería la emperatriz Isabel en 1539.

Madrid, por aquel entonces, era una villa pequeña. Había ganado algo de importancia durante el reinado de Enrique IV, y habían tenido estancias en ella tanto los Reyes Católicos como Carlos V. Sus dos hijas, María y Juana habían nacido en las tierras madrileñas. Pero, seguía siendo una villa como cualquier otra castellana. Por ello, la decisión de Felipe II de convertirla en la capital de sus reinos causó sorpresa. El 8 de mayo de 1561,  el rey decidió el traslado desde Toledo a Madrid con toda la Corte. Las razones del cambio son todavía muy controvertidas. Se barajaron otras ciudades como Valladolid, Salamanca, Segovia, Sevilla o Barcelona. Barcelona contaba con la salida al Mediterráneo, pero pertenecía al Consejo de Aragón, y tras las revueltas comuneras los reyes gozaban de más poder en Castilla. Sevilla, si estaba adscrita a Castilla, y contaba a través del rio Guadalquivir, con todo el floreciente comercio americano, sin embargo, había muchas familias nobles vinculadas a esta ciudad.  Salamanca tenía un fuerte arraigo estudiantil, mientras que Segovia, una población morisca, burguesa y de tradición comunera. Valladolid por su parte, había tenido recientes brotes de herejía protestante, que había erradicado la Inquisición.

En una carta a su hermana María decía que quería tener una capital que fuera nueva para castellanos, aragoneses y andaluces. Por otra parte, este rey curiosamente no demostró nunca un gran interés por la ciudad que hizo capital del Imperio. Continuó las obras de mejora del Alcázar y levantó la torre dorada, pero pero no  se preocupo por  su urbanismo de la ciudad. A los dos años de establecerse la corte, inició las obras en del Monasterio de El Escorial (1563-84), y comentaron las jornadas Reales en los palacios a los alrededores de la ciudad.

De manera, que no parece que el traslado fuera por un cariño especial hacia esta villa. Muchos han sido los argumentos, como la situación geográfica en el centro de la Península, que teniendo en cuenta el carácter burocrático del rey, debió de tener importancia. Además de estar a la misma distancia de Valladolid que de Toledo. La fuerte presencia de la Iglesia en Toledo, algo que no tenía Madrid, al no contar con un arzobispado propio, se argumenta también. Pero, tampoco nobiliar, de todas las grandes familias nobles la única más próxima eran los Mendoza en Guadalajara. Pero a nivel personal, en vínculo del Rey con Toledo, guardaba el recuerdo de la muerte de su madre poco antes de cumplir los doce años, y el desagrado de su tercera esposa, Isabel de Valois, con quién había contraído matrimonio en 1559. Según parece a la Reina no le gustaba la ciudad manchega, ni por su clima, ni por sus cuestas, y sentía más predilección por Madrid rodeada de bosques y caza.  Además contaba con el sistema de viajes de agua que permitían la llegada de las aguas a la ciudad, mientras que Toledo contaba con un grave problema para subir las aguas desde el Tajo hasta la ciudad. Entre los comentarios de su asesor el Padre Sigüenza, se hace alusión a estos motivos: «… que comenzó a poner los ojos en donde asentaría su Corte, entendiendo cuan importante es la quietud del príncipe, y estar en lugar para allí proveerlo todo, y darle vida, pues es el corazón del cuerpo grande de España. Conténtole sobre todo la Villa y comarca de Madrid, porque es el medio y centro de España, donde con más comodidad pueden acudir a todas partes».

Madrid se mostraba como una ciudad nueva, sin clero, sin nobleza, ni burguesía, donde el Rey, en pleno auge de las monarquías absolutas, podía crear un espacio áulico para reflejar su poder. De esa forma, se convertirá en el escenario de la Dinastía de los Austrias durante el Siglo de Oro. El 3 de junio de 1561, los Reyes residían en Madrid, y con ellos fueron llegando nobles, clero, y gentes buscando un porvenir. La ciudad experimentará muchísimos cambios en un breve espacio de tiempo, especialmente los derivados de su rápido crecimiento, pasó de unos 30.000 habitantes en la década de los años 60, a 100.000 a principios del s. XVII.

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