EMILIA Y BENITO

Madrid es una ciudad donde se han vivido muchas historias de amor, unas anónimas, otras públicas y otras secretas. Hoy, 14 de febrero, vamos a recordar una de las secretas, ocurrida entre dos de los escritores más importantes del s. XIX de la literatura española.

Una historia mantenida en la clandestinidad, dada la condición de casada, aunque separada, de ella, y de eterno mujeriego de él. Hasta nosotros ha llegado parte de la correspondencia que mantuvieron entre 1883 a 1915. Sólo conservamos las cartas que Emilia mandó a Benito, las contrarias se destruyeron posteriormente, unos dicen que por los descendientes de la escritora, otros por Carmen Polo cuando empezó a vivir en su pazo gallego, sólo se ha salvado una.

Las vidas de Emilia Pardo Bazán y Benito Pérez Galdós se cruzaron al parecer durante la presentación de una novela rusa que estaba triunfando en París. Doña Emilia dio la conferencia mientras Don Benito le escucha en primera fila. Después empezaron los paseos por Madrid, las tertulias, mientras la correspondencia se inicia con un tono amistoso: «Ilustre maestro y amigo» o «Querido y respetado maestro». Se palpa la admiración, pero poco a poco va aflorando un cierto coqueteo. Ella era una dama aristocrática, independiente, rebelde y ambiciosa. Él, un hombre tímido y desdeñoso, algo enfermizo, y muy mujeriego, con una marcada inteligencia como arma de seducción. Gradualmente los encabezamientos pasan de ser «Amigo querido y no digo más» o «Amigo querido e inolvidable» a «Miquiño» y todo tipo de calificativos cariñosos. Empieza a trasmitirse la carnalidad a la par que intercambian comentarios literarios. Mantenían, en el s. XIX, una relación entre iguales, poco habitual en la época y con un concepto abierto de las relaciones sexuales. Serán en estos años cuando nos regalen con sus obras maestras, Los Pazos de Ulloa o Fortuna y Jacinta.

Se escaparon de viaje a Alemania donde no ocultaron su amor, y narran después el dolor de la separación a su regreso. Sin embargo,  las circunstancias empiezan a cambiar, Benito no se resiste a los encantos de Lorenza, una jovencita inculta pero exuberante, que le hará padre. Mientras Emilia sufre la pérdida de su padre, el hombre más importante de su vida. Durante la Exposición Universal de 1888 en Barcelona, ella acaba en la cama con Lázaro Galdiano. Se disculpa en sus cartas por ello, pero la relación empieza a enfriarse. Entre 1891 a 1915 aparece de nuev0 «mi ilustre amigo». La correspondencia no continuó más allá de 1915, aunque Benito viviría 5 años más, pero su salud estaba muy deteriorada y las cataratas, a pesar de las operaciones, le dejaron ciego. Sin embargo, en una tertulia pudo escuchar como la escritora gallega había promovido la  realización por suscripción popular de la estatua que le dedicaron en los Jardines del Buen Retiro.

La condesa fue una de las primeras en presentarse en su casa tras su fallecimiento, y aunque era una mujer de buena salud, un año después le acompañaba tras una gripe.

Aquí os dejó algunas de las palabras que ella le dedicaba:

Sí, yo me acuesto contigo y me acostaré siempre, y si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria… porque tienes la gracia del mundo y me gustas más que ningún libro.

Si os quedáis con ganas de leer todo el epistolario lo podéis encontrar en Miquiño mío. Cartas a Galdós o Cartas de amor clandestino (y pública amistad).

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